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CONVERSACIONES DE PASILLO | “Hay algo irreemplazable en experimentar una orquesta en vivo”

Òscar Colomina i Bosch.

Este año en Teatro del Lago iniciamos un proyecto que reúne a músicos jóvenes de diversos rincones de Latinoamérica, quienes se encuentran en Frutillar con sus instrumentos al hombro para sumergirse en una experiencia de convivencia, aprendizaje e intensidad creativa: la Academia Latinoamericana de Música Avanzada (ALMA).

Colomina nos comparte su mirada sobre cómo un grupo de individualidades aprende a escucharse, la importancia de dar espacio a la autonomía de cada intérprete y eso irreemplazable que ocurre en la sala cuando una orquesta suena completamente en vivo.

¿Cómo describiría la experiencia que viven los jóvenes músicos al participar en ALMA y trabajar durante una semana en Frutillar junto a profesores y músicos de distintos países de Latinoamérica?

Para mí, ALMA es, ante todo, un espacio de encuentro y de transformación. Los jóvenes llegan a Frutillar desde países, escuelas y experiencias musicales muy distintas y, durante una semana extraordinariamente intensa, tienen que aprender a construir juntos un lenguaje común. Eso implica naturalmente trabajar el instrumento y el repertorio, pero también desarrollar algo que me parece mucho más importante: la capacidad de escuchar al otro, de reaccionar, de cuestionar las propias certezas y de asumir responsabilidad dentro de un colectivo.

En este encuentro nos interesa especialmente el equilibrio entre acompañamiento y autonomía. Los músicos llegan con materiales anotados y referencias sobre las que han podido trabajar previamente, pero a partir de ahí tienen también que aprender a diagnosticar, probar, discutir y resolver por sí mismos. No buscamos simplemente que reproduzcan una determinada versión de las obras, sino que comprendan cómo se construye una interpretación.

Y creo que ahí reside una parte esencial de ALMA: en pocos días se genera una pequeña comunidad musical en la que aprender y hacer música dejan de ser procesos separados, y en la que saber cuándo liderar y cuándo seguir forma parte del propio aprendizaje. El aprendizaje ocurre precisamente en ese espacio compartido.

Después de una semana de trabajo intensivo, los músicos se reúnen en una gran camerata para el concierto final. ¿Qué podremos escuchar en ese resultado y qué revela sobre el trabajo realizado durante ALMA?

El programa elegido para este encuentro es deliberadamente exigente y brillante. Los jóvenes trabajarán la Obertura Coriolano y la Segunda Sinfonía de Beethoven, junto al Idilio de Sigfrido de Wagner: músicas que obligan al conjunto a desarrollar formas muy distintas de escuchar, reaccionar y contribuir al resultado colectivo.

Pero, más que comprobar cuánto repertorio han sido capaces de aprender en una semana, para mí lo verdaderamente interesante del concierto será escuchar el crecimiento como grupo. Una orquesta no surge simplemente de reunir a un número determinado de buenos instrumentistas. Aparece cuando esos músicos empiezan a compartir una manera de escuchar; cuando entienden que una articulación, un silencio, una respiración o la dirección de una frase tienen sentido únicamente en relación con lo que ocurre alrededor.

Por eso el concierto final es, de alguna manera, la materialización de todo el proceso de ALMA. En él estarán las horas de trabajo individual y colectivo, las dudas, los descubrimientos, las decisiones que funcionaron y las que hubo que abandonar. Y, espero, también esa transformación progresiva de un grupo de individualidades en un único organismo musical capaz de pensar y respirar conjuntamente, de forma orgánica.

Para alguien que quizás nunca ha escuchado una camerata de estas características en vivo, ¿por qué este concierto puede ser una experiencia especial?

Creo que hay algo irreemplazable en experimentar una orquesta en vivo. El sonido orquestal es físico: ocupa el espacio, circula entre los músicos y golpea al oyente desde muchos lugares distintos. Uno puede ver, además, cómo una idea nace en una sección, es recogida por otra y acaba transformándose en un gesto colectivo. Esa dimensión espacial y física es muy difícil de reproducir fuera de la sala de conciertos.

Pero en este caso hay un aspecto más que lo hace especial. El público estará asistiendo al punto de llegada de una experiencia que comenzó apenas unos días antes. Muchos de estos jóvenes no se conocían, no habían tocado juntos y proceden de lugares y tradiciones diferentes. Durante una semana los jóvenes habrán tenido que aprender a escucharse, a confiar los unos en los otros y a construir una visión musical compartida.

Quizá eso sea lo más especial: no escuchar solamente las obras, sino poder percibir, a través de ellas, el proceso humano que ha permitido que una multiplicidad de visiones individuales se haya transformado en una visión común, hasta llegar a sentirse como algo natural. Y creo que toda la intensidad acumulada durante ese proceso estará presente, de una forma muy directa, en la comunicación entre intérpretes y público.